Cabe aclarar que, dada la perspectiva que me ha dado el tiempo desde la fecha de su creación, he caido en la cuenta de algunas imprecisiones que consideré adecuado corregir, para mayor legibilidad del texto. No obstante, permanecen el tono, la esencia y los postulados originales, a los que mi visión autocrítica me impidió alterar por lo que, para cualquier frase de aliento, de sugerencia o de escarnio público, queda a su entera disposición el tablero de comentarios. Sólo pido algo a cambio: ¡sean misericordiosos! :)
Viernes 10 de septiembre de 2010
Cero ComplicacionesPor: Jorge Arturo Castellanos
¿Por qué se complican las cosas? ¿Qué es lo que hace que, de cuando en cuando, el panorama se vislumbre oscuro y no se perciba siquiera el rayo de sol en el horizonte diurno? ¿Cómo es el tránsito desde la certidumbre de situación hacia la total desesperanza? ¿En qué momento se decide que todo está perdido y que es menester abandonar el barco? ¿Cuáles son los factores que alientan la desazón y el desasosiego? Dicho de otra manera, ¿por qué se complica la vida?
Hay los que dirán que no es fácil vivirla. Adaptarse al entorno, aprender a moverse y procurarse los elementos para la supervivencia toma su tiempo. Algunos hablarán de lo problemático que resulta habituarse a la presencia de los otros, cada uno con complicaciones, deseos y anhelos propios, impulsando su accionar. Por su parte, unos opinarán que las vueltas del destino, las eventualidades y circunstancias ajenas en ocasiones actúan en nuestro beneficio, pero frecuentemente nos pueden llevar del indeseable "Guatemala" al temido "Guatepeor" (con todo respeto para los hermanos chapines).
No obstante todo ello, pienso que el germen que abona a embrollos, enredos y dificultades y al que generalmente le achacamos el adjetivo ‘complicado’ (o bien su sinónimo ‘complejo’) está en nosotros mismos y es un talante del que no deseamos hacernos responsables porque se vuelve engorroso, confuso y descorazonador; es nuestra actitud ante la vida la que finalmente determina que persistan las tinieblas o que alcancemos la ansiada luz al final del túnel.
Cabría entonces preguntarse cuál sería la solución a este dilema. No se trata aquí de pregonar una visión simplista de pensar o actuar positivo, propia de conocido grupo de autoayuda (que más bien lo que parece es secta religiosa estilo “Pare de Sufrir”) o de gancho publicitario (o de canción noventera, que para el caso son lo mismo... ¿o qué, acaso sólo yo me acuerdo de la espantosa tonadita a ritmo dance del inefable Jovanotti, que decía algo así como: io penso positivo, perche' son vivo, perche' mi ombligo?).
En el otro extremo, tampoco es conveniente ver siempre el vaso medio vacío. A últimas fechas se ha discutido en los medios de comunicación en México, con un estruendo de voces que raya en el hartazgo, el complicado panorama de nuestro país en el porvenir más inmediato: que si cuando regrese el PRI se va a acabar la absurda guerra contra el narco, que si los fastuosos e insípidos festejos del bicentenario quieren tapar la crisis con un dedo, que si los "ninis" y los "nonos" (los que no leen y no se informan, mucho más preocupantes que los inocuos ninis y que bien cabría extender su sobrenombre a "nononis", dado que ni les importa), que si las lluvias y desastres, el caos vial, la inseguridad y la violencia crecientes... en fin, un largo etcétera de situaciones que el enfoque político cortoplacista del tipo perdida-ganancia ha elevado a batalla perdida a priori en la arena democrática, dado el marcador adverso de “diferencias insondables” (escusa que, junto con la desabrida arenga a “echarle ganas”, su equivalente en el ámbito empresarial, funciona a los poderosos para no perder privilegios). Chistes e ironías aparte, si vamos a participar de un diálogo constructivo, debemos tratar de ver más allá.
En entrevista publicada en el sitio web filosofía.mx (con fecha del 16 de junio de 2008), Andrés Ortiz-Osés, catedrático español de la universidad de Deusto, en Bilbao, dedicado durante años a la observación del mundo tras la mirada de la filosofía hermenéutica que, como en lente gran angular, busca abarcar y reconocer la diversidad de sentidos en un tejido de interpretaciones coligadas (co-implicadas) en el lenguaje, propone una visión de la realidad que «consta de lo bueno y lo malo». Agrega además que «…los ingenuos y los idealistas, los que van de positivos, creen que sólo hay cosas buenas. En el otro lado, la gente más materialista sólo ve el mal. Lo que desconcierta es que queremos coger el bien olvidándonos del mal. Pero todos somos buenos y malos al mismo tiempo. Todos los intentos de extirpar el mal han terminado en catástrofes: Hitler quiso eliminar los elementos negativos de una sociedad terminando con quienes decía que eran de raza inferior; Stalin quiso hacer una sociedad sin explotadores ni explotados… y ya sabemos lo que sucedió en ambos casos. La sociedad ideal nos conduce siempre a un totalitarismo. Y no olvidemos que el mal radical, que es la muerte, acaba siempre matándonos».
Así, lo que ésta columna propone, en consonancia con el ejercicio de un periodismo ético y de compromiso con la acción para el cambio, es que abracemos esa complejidad, que nos reconozcamos parte importante de ese entramado que le da sentido al mundo, asumiendo nuestra responsabilidad para que sea la vida plena la que predomine sobre el instinto de muerte, tan arraigado a últimas fechas en esta época de terrorismo (véase la tesis doctoral sobre la Pedagogía de la Esperanza, de Víctor Manuel Mendoza Martínez, Universidad La Salle, 2004, publicada en web). Y principalmente, que no se quede sólo en palabras o iniciativas de "buenas intenciones".
Como colofón quisiera resaltar que el título de ésta columna, que nació como un chiste entre mis camaradas de Comunicación y Periodismo, Beto y Daniel, acerca de mi agobiante vida de "sísí" (que sí trabajo y sí estudio, o al menos eso intento), que en ocasiones dificulta mi asistencia a las clases, se convierte ahora en un compromiso con mis compañeros, mis mentores, la UNAM como institución formativa y mis seres queridos, pero principalmente, con mis lectores y la sociedad de mantener una constancia, una formalidad y una calidad adecuadas, enfocando mis esfuerzos en ser cada día un mejor profesionista. Al fin y al cabo, alguien me dijo una vez que esta no es una carrera de velocidad, sino de resistencia, y amén de las efímeras y caprichosas recompensas de fama, fortuna y comodidad, la meta a largo plazo es ganar la vida.