domingo, 13 de noviembre de 2011

Entre fintas y retruécanos (3a. y última parte)

Repentinamente, mi panorama se aclaro: a menos de metro y medio de colisionar con aquél bólido, el rabillo de mi ojo avistó la silueta de Emiliano, el delantero, en solitario pique hacia el punto de penal: mi pierna izquierda giró levemente hacia afuera y la barrida de Sánchez fue a su encuentro, sin sospechar que se trataba de una finta para que la derecha, atrayendo para sí el balón, proyectara con un toque raso su redondez hacia el encuentro con el empeine del hábil centro ofensivo, quien con un trallazo imparable pusiera cifras definitivas, segundos antes de que el árbitro pitara el final.

   Lo que siguió fue un tsunami de euforia total: abrazos, besos, sonrisas y palmadas en la espalda por parte de jóvenes que no había visto nunca en mi vida me inundaban por todos lados cuando, sin saber cómo, ahí estaba Ivonne frente a mí, y una brisa olor manzanilla y destellos dorados de su cabello me invadieron completamente, cual soplo divino en el corazón del devoto o la chispa de genio en la mente del científico.

   Poco después vinieron las vacaciones de Semana Santa y los del United disfrutaban de su premio, invitando a salir a cuanta chica guapa conocían. En ocasiones, Fabián me dejaba acompañarlo a visitar a Nancy a su casa en la colonia Simón Bolivar, por lo que pude pedirle a Ivonne que nos hiciéramos amigos. Más tarde, llegó el fin de cursos y con él, la promesa de dulces tardes veraniegas con la chica de mis sueños, sin sospechar lo que nos deparaba el futuro.

   Los del Juventus no se atrevían a romper el “pacto de caballeros”, pero aún así no dejaban pasar la oportunidad de amedrentar a cualquiera de los de la setenta que caminara solo por sus calles: nunca aceptaron el hecho de haber perdido por un gol de último minuto, mucho menos que la asistencia final haya sido de un “cachirul”, y todavía peor que hubiese sido un niño de primaria el artífice de la derrota. De tal suerte que, aquel día en que Fabián no estaba y decidí ir por mi cuenta a casa de Ivonne para ir de paseo ciclista al parque, al dar la vuelta en calle Esterlinas, Alfredo (que seguro sabía que había llamado, dada su obsesión de vigilar a sus primas) apareció de la nada, lanzando un bat a los rayos de mi bicicleta que provocó que saliera volando y cayera de bruces, tres metros adelante. Entonces, tomó el bat y, enloquecido, machacó mi pierna derecha hasta destrozarme la rodilla: la cara asustada de Ivonne al salir de su casa, un escalofrío recorriéndome el cuerpo y los gritos de Fabián tratando de desarmar a aquél cobarde, fueron mis últimas impresiones antes de perder el conocimiento...

   Como era de esperarse, desde entonces tuve que abandonar las canchas: una placa y tornillos de titanio ocupan ahora el espacio de la rótula y de los cóndilos del fémur de mi perna derecha. Cojeo levemente, pero eso no es relevante: las heridas son superficiales, el toque no se pierde ni con los años. De mi juventud en la Romero Rubio aún conservo los recuerdos de mi primera novia, a un amigo insuperable y la admiración de propios y extraños por un oficio envidiable: cronista deportivo.

   Sobra decir que al “Maldini del llano” le dieron únicamente seis meses en la correccional, que se casó con su prima Nancy -procreando 5 hijos- y que ahora juega como central titular del Club América. Por eso, aquella vez que el dueño me invitó a la zona de vestidores, no dejé pasar la oportunidad de saludarlo y jugarle una pequeña broma: cuando por fin estuvimos frente a frente, amagué un golpe con el bastón de mano al que Alfredo, fanfarrón, respondió: “Todavía te quieres vengar por lo de la secu, ¿no?: ¡ya supéralo!”. "¿Cómo crees?" -alardeé-. "Eso fue hace mucho: sin rencores", añadí sonriente, palma derecha extendida: mientras Alfredo acercaba la propia diestra, con mi siniestra aventé súbitamente el cayado a sus piés, haciéndolo pegar un salto que aproveché para repetir el gesto técnico que le hizo morder el polvo, acompañado de la clásica de clásicas: “¡Te traigo finto, te traigo finto!”.


A Chilakillers, con cariño... ¡siempre!

martes, 8 de noviembre de 2011

Entre fintas y retruécanos (2a. parte)

Yo era lateral nato, y todos en mi cuadra lo sabían; hasta me decían “Ramoncito” porque mi velocidad y conducción de balón eran una calca de las de Ramón Ramírez, fino ala izquierda de las Chivas rayadas, si bien con la derecha no daba “pie con bola”, a pesar de practicar una hora diaria. El que me enseñó los misterios de la posición fue mi vecino, Fabián Hidalgo, extremo de los Mahatmas United, quien resultara lesionado -al minuto 11 del segundo tiempo extra y con el partido empatado a dos tantos- tras una patada artera de Alfredo “Maldini” Sánchez (central de los Black Juventus de la secundaria 218, ”República de Italia”, en aquel entonces integrante de una banda de skinheads conocida –¡ironías de la vida!– como “los fascistas de Bolivar”), quien ya lo traía entre ceja y oreja, no nada más por haberle quebrado la cintura en la jugada del primer gol, sino también por pretender a Nancy, su prima, y quien además era la hermana de mi amor platónico de la niñez: la dulce y tierna Ivonne... the one (como la canción de Paul McCartney, recién nombrado Sir, un año antes).

   El inesperado giro del destino dejó a los Mahatmas sin alternativas, pues ya no tenian más cambios, dado que ese día faltaron varios de sus jugadores, fuera por flojera o por la fama de asesino del fascista Sánchez. Mientras Paco y El Brody –creativo/capitán y portero, respectivamente–, lo sacaban a hombros, Fabián, reconociendo mi cara de entre la porra, gritó:

   –¡Vas, Ramoncito, entra en mi lugar!

   –¿Yo? Pero, sólo soy de primaria.

   –¿Te cae, Fabián? –preguntó Paco, atónito–. Pero, es un niño: ¡lo van a hacer papilla!

   –Nel, es mejor y más rápido que yo. Además, los penales están cerca, ¿qué podemos perder?

   –¡Juega! ¡Cámbiate! –ordenó Paco, aventándome un short y volviéndose hacia su arquero para pedirle un par de calcetas extra.

   Los airados reclamos del Juventus no se hicieron esperar. No obstante, de inmediato se convirtieron en burlas, al delatar mi origen el suéter azul marino que portaba, en contraste con el verde olivo de los alumnos de secu: “¡Es un bebé!... sabía yo que los de la setenta eran unas nenas k-gandhis, pero esto ya es el colmo”, espetó sardónico Maldini, acompañándolo de una estruendosa carcajada. Confiados en la victoria, finalmente aceptaron el cambio.

   El partido se reanudó con un minuto por jugarse y tiro libre a favor del United por la zona del círculo central. Al cobro, Paco filtró la esférica hacia mí entre dos jugadores y yo conduje unos cuantos metros, esquivando al central derecho con un recorte de zurda: rondaba el borde del área justo cuando Maldini se abalanzaba hacía mí...

(Continua en la 3a. y última parte...)

domingo, 6 de noviembre de 2011

Entre fintas y retruécanos (1a. parte)

A Danielín, en su cumpleaños.
Ejemplos abundan: desde Don Benito Juárez hasta el Cuau, es de todos conocido que el carácter e ingenio mexicanos siempre salen a relucir en el momento oportuno. El que a mi mente acudan los nombres de estos dos ilustres personajes, en cuyas frases y acciones más representativas residen los detalles que, de cierto modo, definen mi propia historia, no es más que una feliz coincidencia.

   Todo comenzó en 1998, año del mundial de Francia –¡cómo olvidarlo!–, casi al termino del sexto año de primaria. La escuela a la que iba se encontraba en los límites de las colonias Primero de Mayo y Romero Rubio, mi barrio de juventud. Aún recuerdo vívidamente la tarde de marzo en que, mientras pegaba la estampa de Zidane en mi álbum Panini, Jaime, un compañero del salón, me dijo emocionado: “¡Vamos al polvorín! ¡Los de la setenta pelean el título hoy a los de la dos-dieciocho!”. Fue ahí cuando tuve mi primer acercamiento real con el juego del hombre: el futbol llanero. 

   Hasta ese entonces no había presenciado nada que llamara mi atención tan poderosamente como esos 22 gladiadores en un mismo campo de batalla: aquellos aguerridos muchachos luchando por la supremacía futbolística de la zona –que se extendía desde la 20 de noviembre hasta la Aquiles Serdán– en un torneo clandestino entre los equipos de soccer de las secundarias aledañas, representaba algo más que la disputa por la simple gloria deportiva; el equipo vencedor, mas que un trofeo, adquiría un poder: inmunidad diplomática por tiempo indefinido. Si creías que sólo un embajador de la ONU podría gozar de semejante privilegio, no sabes nada de política de vecindad.

   La importancia del mentado premio radicaba en poder transitar como un auténtico Eliot Ness por todas las colonias (y un poco más allá) comprendidas dentro del circuito que forman las avenidas Eduardo Molina, Eje 1, Oceanía y Río Consulado, es decir, pasear por el parque de la Peni, subir a los columpios de la glorieta o acompañar a correr al deportivo a la hermana, prima o amiga de alguno de los alumnos de las otras escuelas, sin que nadie te echara bronca por meterte en sus terrenos. En una zona donde viven las niñas más bonitas de toda la capital, ser un “intocable” era mucho más valioso que cualquier “oferta difícil de rechazar” (Padrino dixit). 

   Regresando al partido -y por tratarse de la final-, la oncena de la “Mohandas K. Gandhi” (o secundaria diurna no. 70, a la que yo me inscribiría al salir de sexto y ubicada justo en el terreno contiguo al de mi primaria) tenía doble motivación, pues nunca en su historia había ganado el torneo, además de contar con el penoso record de seis capitanes apaleados por intentar cortejar a una fémina del bando contrario. Ni modo: así de dura es la vida en el barrio. Los minutos transcurrían y lo reñido de las acciones, aunado al gran nivel de juego de los dos equipos, condujeron a la prórroga, donde la amenaza de los malditos penales se cernía angustiante, sin embargo trivial, comparada con la fuerza del más allá que haría que mi papel de espectador se transformara radicalmente.

(Continuará...)