A Danielín, en su cumpleaños.
Ejemplos abundan: desde Don Benito Juárez hasta el Cuau, es de todos conocido que el carácter e ingenio mexicanos siempre salen a relucir en el momento oportuno. El que a mi mente acudan los nombres de estos dos ilustres personajes, en cuyas frases y acciones más representativas residen los detalles que, de cierto modo, definen mi propia historia, no es más que una feliz coincidencia.
Todo comenzó en 1998, año del mundial de Francia –¡cómo olvidarlo!–, casi al termino del sexto año de primaria. La escuela a la que iba se encontraba en los límites de las colonias Primero de Mayo y Romero Rubio, mi barrio de juventud. Aún recuerdo vívidamente la tarde de marzo en que, mientras pegaba la estampa de Zidane en mi álbum Panini, Jaime, un compañero del salón, me dijo emocionado: “¡Vamos al polvorín! ¡Los de la setenta pelean el título hoy a los de la dos-dieciocho!”. Fue ahí cuando tuve mi primer acercamiento real con el juego del hombre: el futbol llanero.
Hasta ese entonces no había presenciado nada que llamara mi atención tan poderosamente como esos 22 gladiadores en un mismo campo de batalla: aquellos aguerridos muchachos luchando por la supremacía futbolística de la zona –que se extendía desde la 20 de noviembre hasta la Aquiles Serdán– en un torneo clandestino entre los equipos de soccer de las secundarias aledañas, representaba algo más que la disputa por la simple gloria deportiva; el equipo vencedor, mas que un trofeo, adquiría un poder: inmunidad diplomática por tiempo indefinido. Si creías que sólo un embajador de la ONU podría gozar de semejante privilegio, no sabes nada de política de vecindad.
La importancia del mentado premio radicaba en poder transitar como un auténtico Eliot Ness por todas las colonias (y un poco más allá) comprendidas dentro del circuito que forman las avenidas Eduardo Molina, Eje 1, Oceanía y Río Consulado, es decir, pasear por el parque de la Peni, subir a los columpios de la glorieta o acompañar a correr al deportivo a la hermana, prima o amiga de alguno de los alumnos de las otras escuelas, sin que nadie te echara bronca por meterte en sus terrenos. En una zona donde viven las niñas más bonitas de toda la capital, ser un “intocable” era mucho más valioso que cualquier “oferta difícil de rechazar” (Padrino dixit).
Regresando al partido -y por tratarse de la final-, la oncena de la “Mohandas K. Gandhi” (o secundaria diurna no. 70, a la que yo me inscribiría al salir de sexto y ubicada justo en el terreno contiguo al de mi primaria) tenía doble motivación, pues nunca en su historia había ganado el torneo, además de contar con el penoso record de seis capitanes apaleados por intentar cortejar a una fémina del bando contrario. Ni modo: así de dura es la vida en el barrio. Los minutos transcurrían y lo reñido de las acciones, aunado al gran nivel de juego de los dos equipos, condujeron a la prórroga, donde la amenaza de los malditos penales se cernía angustiante, sin embargo trivial, comparada con la fuerza del más allá que haría que mi papel de espectador se transformara radicalmente.
(Continuará...)

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