Lo que siguió fue un tsunami de euforia total: abrazos, besos, sonrisas y palmadas en la espalda por parte de jóvenes que no había visto nunca en mi vida me inundaban por todos lados cuando, sin saber cómo, ahí estaba Ivonne frente a mí, y una brisa olor manzanilla y destellos dorados de su cabello me invadieron completamente, cual soplo divino en el corazón del devoto o la chispa de genio en la mente del científico.
Poco después vinieron las vacaciones de Semana Santa y los del United disfrutaban de su premio, invitando a salir a cuanta chica guapa conocían. En ocasiones, Fabián me dejaba acompañarlo a visitar a Nancy a su casa en la colonia Simón Bolivar, por lo que pude pedirle a Ivonne que nos hiciéramos amigos. Más tarde, llegó el fin de cursos y con él, la promesa de dulces tardes veraniegas con la chica de mis sueños, sin sospechar lo que nos deparaba el futuro.
Los del Juventus no se atrevían a romper el “pacto de caballeros”, pero aún así no dejaban pasar la oportunidad de amedrentar a cualquiera de los de la setenta que caminara solo por sus calles: nunca aceptaron el hecho de haber perdido por un gol de último minuto, mucho menos que la asistencia final haya sido de un “cachirul”, y todavía peor que hubiese sido un niño de primaria el artífice de la derrota. De tal suerte que, aquel día en que Fabián no estaba y decidí ir por mi cuenta a casa de Ivonne para ir de paseo ciclista al parque, al dar la vuelta en calle Esterlinas, Alfredo (que seguro sabía que había llamado, dada su obsesión de vigilar a sus primas) apareció de la nada, lanzando un bat a los rayos de mi bicicleta que provocó que saliera volando y cayera de bruces, tres metros adelante. Entonces, tomó el bat y, enloquecido, machacó mi pierna derecha hasta destrozarme la rodilla: la cara asustada de Ivonne al salir de su casa, un escalofrío recorriéndome el cuerpo y los gritos de Fabián tratando de desarmar a aquél cobarde, fueron mis últimas impresiones antes de perder el conocimiento...
Como era de esperarse, desde entonces tuve que abandonar las canchas: una placa y tornillos de titanio ocupan ahora el espacio de la rótula y de los cóndilos del fémur de mi perna derecha. Cojeo levemente, pero eso no es relevante: las heridas son superficiales, el toque no se pierde ni con los años. De mi juventud en la Romero Rubio aún conservo los recuerdos de mi primera novia, a un amigo insuperable y la admiración de propios y extraños por un oficio envidiable: cronista deportivo.
Sobra decir que al “Maldini del llano” le dieron únicamente seis meses en la correccional, que se casó con su prima Nancy -procreando 5 hijos- y que ahora juega como central titular del Club América. Por eso, aquella vez que el dueño me invitó a la zona de vestidores, no dejé pasar la oportunidad de saludarlo y jugarle una pequeña broma: cuando por fin estuvimos frente a frente, amagué un golpe con el bastón de mano al que Alfredo, fanfarrón, respondió: “Todavía te quieres vengar por lo de la secu, ¿no?: ¡ya supéralo!”. "¿Cómo crees?" -alardeé-. "Eso fue hace mucho: sin rencores", añadí sonriente, palma derecha extendida: mientras Alfredo acercaba la propia diestra, con mi siniestra aventé súbitamente el cayado a sus piés, haciéndolo pegar un salto que aproveché para repetir el gesto técnico que le hizo morder el polvo, acompañado de la clásica de clásicas: “¡Te traigo finto, te traigo finto!”.
A Chilakillers, con cariño... ¡siempre!

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